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viernes, 3 de abril de 2015

EL FUTURO EN UNA PEONZA por David Trueba

Tengo un amigo que ha criado un hijo bien particular. Desde muy corta edad muestra rasgos de personalidad en desuso. Me divierte la capacidad de observación del niño, capaz de hacerme ver lo ridículo del mundo de los adultos. Un día me dijo que no entendía por qué los padres que se pasaban pegados a su teléfono móvil todo el rato siempre andaban pidiendo a sus hijos que dejaran un rato el móvil. Hace tiempo me contó que en su colegio habían prohibido jugar al balón en el patio, porque a veces la pelota saltaba la valla e iba a parar a la calle o a alguna finca vecina y para evitar molestias habían optado por la prohibición. La semana pasada me contó que la peonza de un compañero había rebotado contra el suelo y le había causado un corte en la cara a otro niño que andaba cerca. Así que el colegio, un liceo público con atesorado prestigio, había decidido prohibir el uso de las peonzas en sus instalaciones.

El niño, que tiene 10 años, redactó una carta divertida en su intento por ser moderado y razonable. En ella hacía ver al director del colegio que la prohibición era abusiva y equivocada. La pasó a firmar por el patio y sus compañeros se sumaron masivamente. Hasta que un niño de su clase prefirió no hacerlo. Cuando los demás le preguntaron que por qué no quería firmar, el chico se excusó. No quiero que figure en mi expediente académico y que me sea perjudicial el día de mañana. Pese a la ausencia de esta firma, la carta llegó respaldada por el grueso de los alumnos al despacho del director. Aún no tienen respuesta. Pero de toda esta historieta hay dos cosas bien interesantes. La primera es ese niño de diez años reacio a firmar junto a sus compañeros, alguien a quien sus padres a tan corta edad ya han logrado inocularle la insolidaridad pusilánime de los adultos. La tradicional cobardía que se desarrolla algo más tarde en los humanos, cuando consideran que lo que tienen que perder siempre es más que lo que tienen que ganar. Buen trabajo, papis.

Pero quizá más grave es la vocación prohibicionista de los colegios. La incapacidad de las autoridades escolares por imponer un orden sin caer en el absurdo. Los centros educativos son el primer modelo de sociedad donde el niño se forma junto a la familia. Tantas familias son ya un oasis de hijo único que el colegio adquiere aún más relevancia. Prohibir la pelota y las peonzas y el cambio de cromos y la comba y así hasta la enésima estupidez provoca la sumisión perezosa, la incapacidad para aceptar el accidente, el conflicto, las difi

cultades de organizarse como mundo. Potencia la represión, lo autoritario e inflexible. Por eso el niño que capitanea la rebelión razonada de sus compañeros me resulta tan ejemplar. Frente a un mundo individualista y reaccionario, que se preserva en parcelitas controladas y perfectamente archivadas por generaciones, gustos, cualidades, la reivindicación del placer y el juego es fundamental. Frente a las pantallitas, que son el más radical aislamiento, un niño que emprende cualquier esfuerzo colectivo, que capitanea la relación entre escolares y autoridad, es la única esperanza de mejora que se aprecia en el horizonte. Veremos si el director del centro escucha su reivindicación.

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